jueves, 12 de junio de 2008

Nuestros dramaturgos

ENSAYO PRESAGIO DE LIBERTAD


Lo dedico a Emilia Polet y a Omar Germánico; mis hijos.



"Un teatro sin contacto con el público carece de sentido."


Es obvio que cuando nos interesamos en una obra de literatura dramática -para leerla o montarla- es porque hemos encontrado en ella algo que queremos decir. El afamado director y dramaturgo alemán Bertolt Brecht definió, tal vez como nadie, con las siguientes palabras lo que debería ser la dirección teatral: "Contar una historia interesante, en forma de acción dramática, lo más claramente posible, y a un público determinado". Tal vez, esta definición del hacer teatro sea la mejor manera de encarar el texto que esta noche nos presenta el dramaturgo michoacano Fernando López Alaníz: Presagio de Libertad.
Contar una historia interesante; ¿qué más interesante que la historia nacional?; sus hechos y sus héroes. En forma de acción dramática; es decir, representando situaciones y eventos por medio de acciones. Lo más claramente posible; una representación teatral es recibida por el público una vez nada más. Aún en el caso de que regresara la misma persona como espectador, a la misma obra, en la misma sala, siempre se encontrará con dos funciones diferentes. Es necesaria, entonces, la claridad absoluta para comunicar la historia que se cuenta. En este sentido, el espectador de teatro por la misma condición del arte no puede, tal como lo haría el lector con un párrafo obscuro, releer lo que le resulta difícil de comprender. Lo que pasó, pasó y ha de ser entendido claramente por el espectador. Ahora bien, la cuarta premisa es a un público determinado; no todas las historias son interesantes para todos los públicos. Dicho en forma más precisa, no todas las historias tienen el mismo grado de interés para todos los públicos. Una historia interesante para un pueblo que construye en la paz, no necesariamente es interesante para un pueblo que se debate en la guerra. De ahí que estos primeros planteamientos nos lleven a replantearnos la jerarquización de la obra de un dramaturgo, sus condiciones y sus intereses generales en la perspectiva histórica. Asimismo, podríamos afirmar que el drama escrito es un fenómeno complejo que incide individual y socialmente, pues el hombre es un ser social; pero, también es individuo.
En otros momentos he mencionado que tal vez la obra más característica de un intelectual michoacano, cuya estética se halla profundamente arraigada en nuestra sólida tradición cultural, sea la realizada hasta hoy en día por Fernando López Alaníz. Su escritura, sobre el teatro y la escena, ha transitado libremente de los textos de orientación como: "Teatro en la Escuela" o sus pequeñas obras de interés social tales como: "El Huerto" o ese manuscrito sobre el abigeato que alguna vez conocí. Sin embargo, creo que la parte fuerte siempre se ha caracterizado por sus textos de reconstrucción histórica; donde su material son los eventos y sus héroes, son los pasajes cotidianos de seres de carne y hueso. Y que cumplen con creces la definición arriba descrita.
Su obra, como es característico de las obras perdurables, está entrañablemente imbricada a la labor de otro destacado creador de la escena michoacana, el maestro José Manuel Alvarez -quien ya tuvo ocasión de llevar a la escena el texto que hoy nos ocupa-. Como es de conocimiento público la mancuerna López Alaníz-Alvarez, ha cosechado triunfos célebres con títulos tales como: "Turátame", "Cuanícuti"; ambas ubicadas firmemente en las tradiciones y leyendas purépechas recopiladas por Don Eduardo Ruiz, en el siglo pasado. Y que señalan un parteaguas en la intención por divulgar costumbres y particularidades culturales que en la época señalada de los estrenos, significaban un mundo casi desconocido incluso para los propios michoacanos. Y que al parecer, en otro plano, significaban sólo un paso en la dirección señalada con respecto a lo realizado por otro michoacano universal, sobre la cultura azteca, Sergio Magaña.
La sola fecha del estreno de su "José María" que coincide con el Sesquicentenario del cambio de nombre de Valladolid por Morelia, el 3 de junio de 1978, nos va mostrando que la visión del dramaturgo López Alaníz es presentarnos un Morelos héroe, un Morelos hombre, un Morelos universal; un ser humano privilegiado cuyas circunstancias extraordinarias lo habrán de encumbrar a las alturas distantes del mito que "la historia de bronce" pondera y exige como único modo de enaltecer la figura romántica nacional de la historia oficialista. En este sentido, siguiendo el legado aristotélico, su teatro no pretende manifestarse como una expresión culta, lejana de sus raíces populares, que lo sitúen por debajo del divertimento, ya que él se aparta de este destino gracias a que logra presentarnos figuras consistentes, vivas, acontecimientos humanos ocurridos o inventados pero precisos, debido esencialmente al estudio profundo de la historia que el autor va realizando. Habrá quien afirme que este -su teatro- se inscribe dentro de la corriente del Teatro Documento que Vicente Leñero propició éxitosamente a partir de sus textos: "Pueblo rechazado", "Compañero", "El juicio" y, finalmente, "El Martirio de Morelos". Pero la sola presentación de las fechas de estreno aclararían dicho mal entendido, ya que "el Martirio" no se estrenó sino hasta 1982.
Conocedor de las figuras michoacanas, de los hitos históricos, su "Manifiesto a la Nación", no es otra cosa que la oportunidad de ahondar en la presencia humana del general Lázaro Cárdenas del Río. En ella nos demuestra también que el interés del dramaturgo no es mostrar la historia como un museo suspendido, aletargado, sino como un ente vivo que rescata del pasado aquello que el discurso oficial ha pretendido engañosamente ocultar. En su teatro recupera así la historia como una realidad que acontece de nuevo, trayéndonos a la memoria fechas y datos, como algo que pasa ante nuestros ojos, como algo esencialmente vivo.
Ahora bien, desde siempre la figura del Don Miguel Hidalgo, El Padre de la Patria, ha significado un reto para quienes lo han tratado de llevar a la escena: por su carácter; por su lucidez intelectual; por sus hechos de conocimiento público; por sus dotes polémicos; por su acartonada imagen de héroe y prócer universal; por la coyuntura histórica que su propia figura encarna. Por las omisiones y obscuridades que la reconstrucción historiográfica no ha logrado rehacer. De ahí que no sean pocas las obras que nos traten de mostrar un retrato si no fiel, si cercano a la imaginación, a la reconstrucción costumbrista de época y ubicación geográfica. Sin ir tan lejos ahí está la alegoría del monólogo "Hidalgo" de Emilio Carballido, o el personaje del que se habla constantemente en "Vientos de Libertad" de Don Eduardo Ruiz, del siglo pasado, o en las mofas petulantes, recién iniciadas las jornadas independentistas, que un tal Agustín Pomposo Fernández de San Salvador hace en "Las fazañas de Hidalgo, Quixote de nuevo cuño, facedor de entuertos". Y otros muchos trabajos realizados por infinidad de autores. Todos con la misma intención de acercar al espectador a una parte de la figura del prócer de la patria, Miguel Hidalgo.
Esto como hemos visto nos abre paso al análisis de la obra que hoy nos convoca: Presagio de Libertad. Desde las primeras líneas, dadas las características del texto que sitúa la acción en Valladolid provincia de Michoacán, Virreynato de la Nueva España, en febrero de 1782. Sus personajes son ubicados y pertenecen al realismo, su tono es neutro o dicho de otra manera, cotidiano, y el material de que se sirve es probable, entendiendo esto como: la representación típica de las más importantes actitudes y características humanas que el protagonista representa; asimismo, la anécdota es la configuración dinámica del choque, es decir, los movimientos sociales, morales y psicológicos que producen y resuelven la colisión del drama a que se refiere. Dicho de otra manera, lo probable, significa algo que sucede continuamente "o sucede así siempre" o nos referimos a características y actitudes humanas que han sido así a través del tiempo. La toma de conciencia de una razón histórica, la congruencia con una forma de pensar y actuar, el enfrentamiento de dos modos distintos de explicarse el mundo: ¿No es acaso esto lo que va mostrándonos a lo largo de este texto Miguel Hidalgo?
Al iniciar este breve ensayo cite a Bertlol Brecht, no fue una cita fortuita como se entenderá, encuentro un gran paralelismo entre la obra del Michoacano Alaníz y el Galileo Galilei del autor alemán. ¿A qué me refiero? En el cuadro Noveno dice el astrónomo a uno de sus discípulos:
Galileo.- ..Mi intención no es demostrar que yo he tenido la razón hasta ahora sino buscar si estoy verdaderamente en lo cierto.
Del mismo modo, Miguel Hidalgo, el rector del Colegio de San Nicolás se expresa, en el acto segundo, delante de su discípulo José María Morelos al tiempo que se deleitan con aguardiente:
Hidalgo.- El sistema es perfecto y total; ahora yo lo ataco en uno de sus flancos más fuertes: la teología. No triunfaré; pero no puedo detenerme. Caeré, pero caeré con la razón de mi parte; lo que hará más visible la imposición de la suya.
En el siglo anterior nace la tragedia moderna como género teatral. Tragedia porque se asemeja en muchos rasgo a esta y moderna porque hace su aparición a finales del siglo XIX. Sin embargo, la crítica dramática contemporánea ha considerado que los dramas escritos desde este período tienen una diferencia de intención muy clara con respecto a la tragedia y que, por lo tanto, se hacía necesario catalogar y describir las características de estos dramas dentro de una estructura perteneciente a un género aparte: La Pieza.
La tragedia de cualquier época, está estructurada en base a constantes tales que permiten la demostración de un juicio de valor universal.
La tragedia va a sintetizar todo aquello que representa la colisión histórica tras de la cual surgió el nuevo orden o sistema.
La complejidad de carácter del héroe trágico radica en que debe representar una acabada síntesis de las cualidades del hombre de su época, es un individuo histórico, que vive en un contexto histórico y social que llamamos orden cósmico o sistema ideológico; y un orden humano o sistema legal que justifica las relaciones de productividad.
En la pieza todo ocurre de diferente manera. En primer lugar pretende una demostración menos universal que la de la tragedia, pues en la tragedia queda comprendida toda la sociedad de determinado momento histórico; en la pieza, sólo una clase social va hacer sintetizada por el personaje. De esta manera, cada uno de los personajes de la pieza -llámense: Hidalgo, Morelos, Riaño, Abad y Queypo o Fray Antonio de San Miguel- representará a las distintas fuerzas sociales que entrarán en conflicto. El personaje de la pieza es la más acabada síntesis de las cualidades del hombre de cierta clase social, lo que muestra una mayor particularización con respecto al personaje trágico.
Como todo género realista, la pieza va a representar el marco histórico en que viven los personajes, pero, por un camino muy diferente al de la tragedia. La pieza va a situar todo lo relativo a la infraestructura de una sociedad como el "plano cósmico" y lo que se refiere al sistema ideológico u orden cósmico trágico, queda representado a través de la conducta e ideas de cada uno de los personajes.
Pieza y tragedia sólo tienen en común ser catárticas. Que ambas tengan catarsis no demuestra que, únicamente los géneros donde se intenta una síntesis completa de la realidad lograrán la catarsis. La catarsis es una energía que se libera en forma de sentimientos; pero, ha sido generada por una reflexión profunda y compleja de la realidad circundante del espectador.
La tragedia representa el cambio, la pieza, por su parte, es la calma que precede a la tormenta, muestra la lenta agonía de un sistema que no termina de morir; pero que ya muestra las fuerzas que van a sustituir a la clase que ha perdido la razón histórica de su existencia.
La pieza es un género que propone una visión macrocósmica del individuo determinado por la clase a la que pertenece, para resaltar lo anodino de un destino individual ligado indisolublemente a las circunstancias de clase y cuyo fin se aproxima.
Una nueva forma de vida se impondrá y no todos están dispuestos a cambiar para adaptarse a la transformación histórica; sólo unos cuantos entienden el reto y deciden actuar en consecuencia.
En síntesis: Presagio de libertad, de Fernando López Alaníz, no es otra cosa que el alumbramiento de una visión que el personaje Hidalgo se va formando con respecto al orden virreynal decadente -en todos sus planos: social, humanos y de conocimiento-. La pieza es un género dramático que contiene, en apariencia, muy poca acción o sea, su anécdota nos muestra un conflicto cotidiano que, a pesar de ser mínimo en apariencia y frecuente, el personaje extrae de él conclusiones importantes que transformarán su vida, su entorno, su tiempo; siendo éste el núcleo central de la acción del género aquí descrito.
El centro temático de Presagio de libertad lo constituye la demostración de la progresiva inamovilidad de una clase que se ha rezagado históricamente y que está condenada a la extinción irremediable. En otras palabras, tenía que suceder la decadencia, la emancipación de las ideas y de las relaciones sociales, porque dichos valores determinan el sentido del movimiento en la pieza. ¿Qué lo es si no la lucha permanente entre el liberalismo y el conservadurismo más recalcitrante, en todos los sentidos?
Lo primero que se observa en una obra de este género es la densidad del subtexto; todo sirve para ampliar el concepto de algo o alguien: las pausas, la mirada, la intención emotiva, los olores, etc.
Texto y subtexto sirven para conformar una estremecedora representación de la muy cercana revolución de independencia que hará desaparecer, como clase en el poder, a la aristocracia española que sigue aferrada a un modo de vida privilegiado y en franca decadencia, y a un deseo de que todo permanezca inamovible a costa de los demás.
No quiero concluir este breve ensayo sin agradecer antes la oportunidad que se me brindó de presentar mis conclusiones con respecto a la obra de mi amigo del Don Fernando. Invitación que por supuesto me halaga y enriquece.
Por último agregaré que, si de la obra de Vicente Leñero se ha dicho que "tiene un pie puesto en el teatro documento de Peter Weiss, pero que se ha enriquecido con el realismo pinteriano", creo, y no falto a la verdad, pues la razón me la da la cronología, que estos mismos juicios se pueden aplicar perfectamente a la obra del autor michoacano aquí presente.

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