lunes, 16 de marzo de 2009

Morelia con chingüiñas

"Desde este campanario de piedra dura, de labrado esplendor, de orgullo inverbe, remoto, cimentado en pétrea roca. Argonauta. Desde la altura que mi ingenio te contemplo siempre Morelia; la de ahora, la de ayer, la de todos los días."


Antes de que la oscuridad se parta en la amanecida. Todavía antes de que los primeros trinos mañaneros rompan el silencio y que el bochinche del ruidazal mundano corra por las calles vallisoletanas, tocándolo todo con su desenfreno y caos. Aun antes todavía: la Morelia duerme. Entre sábanas de estrellas, arrullada por el rumor de los vientecillos frescos venidos del oriente y las campanas de sus altas torres que suenan como el tintineo esplendoroso de su corazón.

Alguien a dicho que las ciudades son como "mujeres desparramadas sobre las llanuras y los valles". Esas mismas mujeres: voluptuosas unas, secas y enjutas otras, frondosas y en vía de expansión algunas. Calladas y solitarias, plagadas de recovecos o bañadas por las brisas voluptuosas de sus marinas. Juveniles y prometedoras. También las hay mujeres todas de un aire propio, de una personalidad singular, de misterios y claridades a flor de piel. Las mujeres a las que me refiero, por supuesto, son concentraciones de mujeres y hombres -gente- que dan otro sentido a la lectura que transita por sus calles, sus plazuelas y sus foros públicos. Porque así esas "mujeres desparramadas", de tantos talantes inventados viven, en el coto dimensional de su arquitectura, y son los individuos que las habitan quienes conforman otro de los muchos elementos que se pueden aducir como parte de su personalidad, de su ser, de su representación simbólica.

Así, la Morelia a la que hago referencia: esa mujer tendida sobre el valle nombrado como de Guayangareo, acinturada por dos riachuelos y colinas no muy pronunciadas. Esa "mujer" de cantera y edificios señoriales. se levanta por las mañanas, entre el toque de la primera y segunda llamadas a la misa, en la Catedral. Se alza de su letargo nocturno para apresurarse a barrer y regar con agua fresca la acera. Se incorpora para mojar las plantas de sus macetas que atestan los pasillos interiores de sus casas. Y destapar las jaulas de los pájaros cantadores. Y se envuelve en el rebozo para irse a la santa misa y al pan que ya se dora en los hornos olorosos a levadura y manteca vegetal.

Otra Morelia, la de las zonas conurbadas, la de las colonias de la periferia. Esa que no son el Centro Histórico. Se apresura a llegar y ocupar sus lugares en los sitios del mercado informal.
Se apresura a maquillar de polvo, basura y gente las calles todavía silenciosas, pues los automovilistas apoco invaden con su ruidazal de los mil diablos, el corazón de la urbe.

Quiero hacer aquí una pausa pequeña. Las ciudades, ya lo mencioné arriba, son como personas. Como usted o como yo. Sí, y no estoy loco. La diferencia es que ellas tienen una vida más pausada, más prolongada, más enriquecida por el paso de los hombres y las mujeres que en su breve estancia de vida aportan, transforman o destruyen aquello que otros, mujeres y hombres, van haciendo o dejando de hacer. Las ciudades entonces contienen una mínima parte de nosotros y de todos aquellos que como nosotros las habitaron. De ahí la razón de que nos reconozcamos en ellas.

Hoy, nuestra ciudad, por ejemplo, transita en los primeros decenios de existencia de las ciudades. Con los traumas y las deformaciones. Valores y experiencias propias de hijos e hijas. La Morelia de hoy siente pasos. Siente que los años juveniles ya se van marchando. Siente, por otra parte, que posee la experiencia, el sosiego y la prudencia de la edad media. Pero también sabe que sus días de vejez están más cerca y por lo tanto, necesita autoafirmarse, saber que sus capacidades están ahí, a flor de piel, dispuestas para cuando las necesite. Y esa autovaloración, ese auto juzgarse, revalorarse desde la óptica del auto análisis serio es, en sí mismo, un riesgo. Porque a nadie le gusta entender lo exiguo de sus miserias.

Pero volvamos al día. A la ciudad que transita en el apresuramiento de sus escolares correlones, jugueteando con rumbo a las aulas. Volvamos a la mañana plena de ruido. A las oficinas gubernamentales, a los comercios, a los mercados públicos, a los compradores de mercancías, a las filas de automovilistas congestionando ya las vías enjutas y pavimentadas del centro. Volvamos al caos de cada día. A la marcha, al plantón, al ausentismo que se cuantifica en la población flotante de visitantes al Bosque Cuahutemoc. Volvamos al café de media mañana. Atascado de parroquianos: de lectores voraces de periódicos; de lectores del oráculo de la política local; de huidos de las oficinas burocráticas; de artistas, maestros y poetas que estiran con gracia y a las claras, el tiempo. Esa misma fauna que habrá de reconciliarse en la botana, en la bebida y en la cantina del centro social.

El mediodía nos descubre a una ciudad sumergida en el apresurado trajín del ir a casa, los recatados. O ir al compromiso de la comida de trabajo, los matados. Pero también, y esta es la norma, en el encuentro con la tostada de cueritos, el taco de moronga, de chicharrón con chile, la pata de puerco, el caldo de camarón, la botana de queso añejo, la cerveza "bien muerta" o el tequila en su respectivo caballito, sal, sangrita y limón. El mediodía es el reencuentro con los amigos de siempre, de todos los días: con el "Chino", el "Jaibo", el "Artista", el "Gallo", la "Manzanita", la "Güera", el "Beto", el "Negro", el "Compa"... Con esa banda de fantasía que atiende con destreza, presteza y exigencia el más mínima deseo de la clientela. Y es que no se trata de ponerse burro -eso nomás el escluincle aprendiz-, el trago social, el encuentro negociado y negociable: la botana, la cerveza, el mezcalito o el tequila para salir a casa después, a comer con la familia.

Las tardes de Morelia son el mismo encuentro de siempre. La lenta movilización y el vértigo del trajín de la urbe que trata de romper con las cadenas impuestas por la monotonía. Si el día despierta a la ciudad con el canto metálico de sus campanas, la media tarde nos anuncia con el claxón desaforado el pantano de la noche, de las brisas frías del poniente, de los vientos, del sueño, del ensueño cachondoso entrepiernado...

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