lunes, 16 de marzo de 2009

Mujeres en tres tiempos:

Mujeres en tres tiempos:
Caderas abundantes, senos voluptuosos: ideas cortas.


A Yazmincita, quien a los quince ya era una verdadera contrariedad.


Ellas eran convencionales en todo. Chismorreaban en la mañana, chismorreaban al mediodía, chismorreaban al caer la noche. Gozaban de ese extraño placer que sólo las mujeres conocen, experimentan y ejercen: ese río inagotable de palabras; descripción minuciosa de todo o casi, y cualquier materia, principalmente de los hombres. Bla, bla, blá... bla, bla blá... bla, bla, bla, bla, blá. Se veían prácticamente todo el día y nunca sabían cuando hacer un silencio, bueno sí, en el instante en el que barrían con la mirada a alguien y luego se miraban cómplices, entre ellas, segundos antes de soltar una breve risilla. Una mueca. Una frase contundente. Un chubasco, un ciclón de palabras seguía curiosamente, incluso, aunque estuvieran sus bocas cerradas; parloteo silencioso, libre transmisión del pensamiento de miradas. Una catarata de palabras completas, como salvas rasgando el aire a su alrededor en silencio.

Mirarlas, era gozar de un espectáculo. Ponerse en el sitio mismo del sacrificio el martirio de la Santa Inquisición. Con las manos atadas y el rostro perplejo. La mirada de un cordero a punto de entrar en el tránsito último que lo llevará al matadero. Estar de "a pechito", como pichón próximo a ser observado hasta las entrañas. Diseccionado. Hecho añicos. Porque ese par de viejas, perdón, de chamaquillas eran como unos cirujanos plásticos: remueven todo, lo escudriñan, lo modifican; nada de lo que cayera delante de sí volvería a ser igual. Por eso nos hicimos amigos, a mí me valía verdolaga el mundo, y ellas no dejaban de hablar. Si me ponía aquellos zapatos tenis que parecían del Payaso Semillita y los pantalones bombachos de mi época del pachuco, de cholo o de bato loco, ellas hablaban y se burlaban por mi absurda vestimenta. Si comía la fruta del toper que me preparaba Petra y la empanada de atún: ellas reían burlonas de mi manera de masticar y de sorber los jugos. Si coqueteaba con alguna tal, ellas lo sabían todo, incluso, hasta que habíamos desayunado dos días antes de mi primer regateo. Ser amigos podía ser costoso pero divertido, siempre tenía su lado amable.

Nunca antes me puse a pensar en lo que nos podía separar. Simplemente, gozaba de ese artificio maravilloso que ambas desarrollaban con maestría de titanes. Su palabrería inagotable. Alguna vez, mientras estudiábamos para un examen de biología una de ellas dijo: "Encontré la razón". "¿Cuál razón?". "La que explica por qué éste, Emilio, es nuestro amigo y lo toleramos". De ahí en fuera no entendí gran cosa. Fue una explicación entre ellas a la velocidad de sus palabras, de la luz, del pensamiento… Imposible de entender. Acaso, saque en claro, que todo era una cuestión de hormonas, gestación, factores X y Y, XX, etc. Finalmente, vinieron, por primera vez sin un motivo extra, en silencio y me abrazaron entre ambas. Dirán que soy, y he sido un poco cursi y lento, pero no entendí...

Con el tiempo y los nuevos intereses, a estas mujeres las dejé de ver. He de señalar que no fueron pocas las veces, cuando me sentía solo, que las extrañaba. Pero así es la vida y ni modo. Cierto día que andaba con unos amigos pisteando, nos fuimos a meter a un tugurio que llaman disco: "El retazzo". Luces tenues, ruido fuerte, monótono: punchis, punchis, punchis, punchis… Cuerpos sudorosos moviéndose al compás del punchis, punchis, monocorde... Hasta ahí la cosa va bien. Ibamos en plan de seguir chupando y ver que caía cómo para llevar al asiento trasero del Impala gris metálico del buen Lalo Padilla. Pero, ¿cómo iba a imaginar?, cual fue mi sorpresa que una de las tantas veces que me lance a la barra en busca de una cuba de ron, a la orilla de la pista de baile, me encontré con una de ellas, de mis amigas de adolescencia. Ahí estaba, bailando sola. Moviéndose, ondulante, de un lado a otro con la cadencia monótona del punchis punchis monocorde. La reconocí de inmediato, le hablé, y ella hizo un ademán al tiempo que sonreía como si fuera un saludo: "¡¿Qué pachó?!. ¡¿Qué hongo, mi reinita?!". La respuesta no fue la que esperaba. Balbuceó algo ininteligible, le rodó una lágrima e hizo una mueca que a mí me parecieron ganas de vomitar... en efecto, tuve que volar con ella en los brazos para qué pudiera echar afuera, en uno de los oscuros callejones laterales, todo lo que se apresuraba por sacar. ¿Qué había pasado con esa mujercita que ahora estaba echando el intestino para afuera?

Mi relato bien podría terminar aquí, pero no termina aquí. Horas más tarde, mejor dicho, la tarde del otro día en mi departamento, ella estaba sentada en el sofá, envuelta en la frazada que le eché encima para protegerla del frío y de su propia cruda. Estaba ahí, despeinada, sucia, con el rostro pálido en un tono de cera fresca que hasta asustaba. No quería tomar la fruta que le había preparado. Me maldijo tres o cuatro veces antes de aceptar un poco de café sin azúcar. Y entonces, me contó la historia más loca que jamás había escuchado. Terminó la carrera pero no la ejercía, nomás por seguir chingando a sus jefecitos. Era una náufraga del océano etílico y las pastas. Una mañana se despertó en un paradero de autobuses, estaba a medio vestir, tenía la impresión de que había perdido algo más que la virginidad y se sentía con la angustia de estarse secando, propiamente dicho. Difícilmente recordaba ni reconocía a ninguno de los que estuvieron con ella, igual a medio vestir y entre las maletas de una bodeguita estrecha. Tampoco tenía idea de cuanto tiempo había pasado. Encontró un teléfono público y una moneda, pero cuando marcó a su casa, la telefonista con voz gangosa le repitió hasta el cansancio: "El teléfono que usted marcó no está en servicio, pero no es necesario que lo reporte al 050". "El teléfono que usted marcó no esta en servicio... " Se supo abandonada pero no inútil. Tomó ahí mismo la decisión de ser independiente, autosuficiente y náufraga de por vida. Le pregunté por su amiga, dijo que no la había visto en años y que, además, para qué... Que seguro era ya una mujer de hogar. Una doñita con marido que le exigiera los calcetines, el desayuno y sus deberes maritales a la hora que se le hinchara y le dieran ganas; porque así de perros son los hombres. Con unos hijos que serían unos querubines nomás de bonitos y traviesos. Que nomás de pensarlo le daban ganas de vomitar en la alfombra... Que seguramente si la viera ahora no tendría ánimos para nada, ni siquiera para hablar con ella, porque sería una mujer tradicional vencida por los caprichos de la biología y la naturaleza. "Y otra vez la biología": -me dije. Se burló maliciosa como antes, en mi cara, y me dijo: "No te esfuerces en pensar, no es lo tuyo".

Días después, se fue de mi casa. En la madrugada, llevándose mis ahorros y un par de pomos de tequis que guardaba con celo para un evento especial. No me dolió. Lo único que le reprocho es que no se hubiera despedido. ¡Ah!, de la otra. La radiografía que hiciera es exacta. La encontré hace unas cuantas semanas nomás de pura suerte. Tradicional. Señorona. Rubicunda, llena de hijos pero igual -¡que digo¡-, más habliche y comunicativa que nunca...

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