martes, 7 de mayo de 2013

CONFESION DE UN ROTITO.. 2



A Rules Mejía, a su magnifica crónica culinaria

He de señalar que no me gusta el mole. No soy afecto a ese pesado platillo dulce o picoso ni oaxaqueño, ni poblano, ni guanajuatense. Tampoco me gusta la comida japonesa exuberante en sus formas y colores, pero insípida -para mi gusto-. Y sé de que hablo, porque mi familia paterna fue, es y será molera por los días de los días de la primera aurora, hasta la eternidad.

Como he dicho en otros momentos nací horneado en casa, con doctor y comadrona junto a la cama, en la calle de Manuel Muñiz. Ahí entre el mercado de Carrillo, la Ciudad Perdida y la calle Cuautla; entre las glamorosas Zamora y Guerrero. Lo aclaro porque en los años cincuenta, sesenta, setenta y ochenta vivió, guisó y comerció la molera más famosa del orbe vallisoletano de quien se tenga memoria en esas décadas aún no cargadas de chilanga presencia: Doña Cata; cuyo mole fue y es objeto de culto y recuerdo memorable a tal sazón. Y al cual, por supuesto, mi familia paterna fue asiduo comensal con motivos celebratórios o sin ellos, por mero placer de celebrarse la tragona angustia del gusto dominical acallado con un muslo de pollo o una pierna de guajolote…

Ya he mencionado que no soy afecto al mole, prefiero otro tipo de cocina mexicana, menos barroca, aunque no desprecio los pipianes o exóticos platillos con reminiscencias peninsulares. Entiendo que en gustos se rompen géneros. También comprendo que hay una suerte de memoria de sabores que todos guardamos y llevamos en la faldriquera, dispuesta siempre a brotar a la menor provocación, trayendo a las papilas gustativas la remembranza de placeres idos. En ese sentido prefiero, hablando de cocina michoacana, unos chiles capones de la región de Acámbaro con su respectivo queso Cotija, la delicadeza de la sopa fría de aguacate al tequila, unos trozos de carne de puerco con un molito de olla con ciruelas de la región lacustre, el sabor delicado del consomé –que me recuerda la tradicional cabeza en caldo moreliana que se vendía junto a la estación de guajolo-flechas en el Carmen- de cabeza de res que sin tanto orégano venden los domingos a la entrada del mercado en Pátzcuaro, o aquel sabor nunca imitado y crujiente del chivo adobado de Don Felix, hecho en horno de ladrillo.

Tampoco soy muy afecto a los pozoles. Sin embargo lo prefiero puerco puerco, blanco sin mucho caldo, con cebolla picada, chile perón y limón; más chunches -me parece- verduras y acompañamientos, son superfluos.

Por supuesto, hablando de sopa de arroz, estoy de acuerdo totalmente con Rules Mejía, de ninguna manera, nunca, jamás los ingredientes deshidratados de un sobrecito globalizado -por más rápido que ello fuera- imitaran el sabor asado de jitomates, ajos y cebolla en cazuela de barro indispensables para la hechura de una sopa de arroz tradicional; cuando una sopa deshidratada podrá sustituir el sabor del ajo asado y la cremosa aportación de la leche, en un arroz blanco. Siguiendo con estos ejemplos, jamás, nunca, no pensable me resulta suponer que una sopa Maruchan –o cualquier producto similar- pueda siquiera alentar la vaga idea del parecido con un spaghetti al dente: ¿quién puede suponer que una pasta deshidratada al aceite pueda recuperarse con sólo un poco de agua caliente? ¿quién –sólo atrofiadas las papilas gustativas- puede suponer que un saborizante globalizado en polvo puede suplantar algún sabor?

Como he dicho sé de cuanto hablo. En mi infancia y adolescencia aprecie, comí, gusté y observé cuanto guiso fuera posible de degustar de la fauna silvestre terrestre, acuífera y marina que estas tierras mexicas pudieran albergar en la segunda mitad del siglo XX. Mi padre fue cazador y lo mismo cazo cimarrón, venado, jabalí, ardillas, conejos, patos, gansos, huilotas, codornices, márlin, atún, crustáseos, etc. etc. Toda fauna que se moviera o reptara ante la mira de su escopeta, trampa o red. Pero de nada sirve lo cazado sin unas buenas cocineras que pongan sazón y punto a guisos, potajes y menjures cuyo ingrediente principal es el placer y orgullo que causa la satisfacción de los comensales que se chupan –literalmente- los dedos. No hay secretos en la cocina: hay técnica, tradición, productos; un gusto y un placer que se origina en el cocinero(a) que sabe que sólo se aprecia lo que se quiere, se ama lo que se conoce y se disfrutan las cosas ricas.

Gracias Rules por tu hermoso texto.


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